Contenta, de Santiago Lorenzo: elogio de la planicie
Blackie Books
Hay escritores que persiguen lo extraordinario como quien corre detrás de un autobús que ya se ha ido, y luego está Santiago Lorenzo, que prefiere sentarse en la marquesina, encender un pitillo y contarnos, con una precisión casi de relojero, cómo se desconcha la pintura del banco. Con Contenta (Blackie Books), el autor de Los asquerosos y Tostonazo vuelve a demostrar que no hay materia prima más fértil que la que todos despreciamos: lo feo, lo aburrido, lo monótono, lo directamente miserable. Y vuelve a elevarlo a cotas de una lucidez narrativa que ya quisieran para sí muchos de los que firman novelas con pretensiones de catedral.
La premisa es de una sencillez desarmante. Cecilia, autónoma de las de facturar poco y sufrir mucho, recibe el encargo de un ayuntamiento para rodar un vídeo de promoción turística del municipio. El problema, y aquí arranca la maquinaria lorenziana, es que el pueblo es feo. Feo sin paliativos, feo sin épica, feo con esa fealdad de nave a medio terminar, de calle mal asfaltada y de bar con tragaperras que conoce cualquiera que haya cruzado la meseta. ¿Cómo se vende lo invendible? ¿Cómo se filma un paraíso donde solo hay planicie? Esa pregunta, aparentemente menor, se convierte en el motor de un libro que habla, en realidad, de casi todo.
Porque Contenta es, ante todo, una radiografía de la España que no sale en los telediarios salvo cuando arde o se vacía. La de la precariedad como estado natural, la de la vivienda como lujo inalcanzable, la de los autónomos que hacen malabares con las cuotas mientras el mes se les hace eterno. Lorenzo no sermonea ni levanta pancartas; simplemente coloca a Cecilia en ese paisaje y deja que el desasosiego vaya filtrándose como la humedad en una pared de pueblo. Y ese desasosiego, ese malestar sordo y persistente, es el verdadero eje narrativo de la novela, la corriente subterránea sobre la que flota todo lo demás.
Lo prodigioso es cómo el autor convierte la quietud en tensión. En ese municipio de apenas unos miles de almas, lejos de los focos y del ruido de las grandes capitales, la rutina se impone a los sueños de una vida mejor con la contundencia de una apisonadora. El conformismo no es aquí una derrota, sino un modo de existir: aguantar, no moverse, dejar que los días pasen iguales. Pero bajo esa superficie de calma chicha laten cosas mucho más turbias. Rencores heredados, cuentas pendientes, odios atávicos que nadie nombra pero que todos huelen, y unas buenas dosis de revancha y venganza que asoman cuando menos se espera. Contenta guarda algún que otro giro imprevisto que descoloca al lector y le recuerda que en los sitios donde nunca pasa nada es precisamente donde más cosas se cuecen a fuego lento.
Y luego está la prosa. Esa voz inconfundible, castiza y sabia, capaz de arrancarte una carcajada en una línea y dejarte un nudo en la garganta en la siguiente. Lorenzo maneja el humor como un cirujano el bisturí: nunca para burlarse de sus criaturas, siempre para entenderlas mejor. Hay en su mirada una compasión enorme hacia la gente corriente, hacia los perdedores sin aspaviento, hacia quienes simplemente intentan llegar a fin de mes sin perder del todo la dignidad. Por primera vez, además, esa mirada se posa sobre una protagonista femenina, y Cecilia, cansada hasta el tuétano, desencantada pero tozuda, es uno de los personajes más vivos y entrañables de toda su obra.
El título, por supuesto, es pura ironía. Cecilia apenas está contenta en ningún momento, y quizá ahí resida la gran lección del libro: que la felicidad, en estos tiempos y en estos lugares, tiene más de resignación que de alegría. Pero leer a Santiago Lorenzo sí que produce contento, y del bueno. Contenta es una novela pequeña en apariencia y enorme en el fondo, un libro que confirma a su autor como el gran cronista de la España sin brillo. Imprescindible.
Redacción: Juan A. Ruiz-Valdepeñas









