Lori Meyers presentan «Disonancia» en la Sala El Sol, de la mano de Vibra Mahou
El pasado martes 13 de octubre, la Sala El Sol de Madrid se convirtió en un cuarto oscuro. Aforo reducido, prensa, industria y un puñado de seguidores con invitación: gente que sabía lo que iba a encontrar dentro, y que aun así contenía el aliento ante la cubeta de revelado, esperando a ver qué emergía sobre el papel.
La luz era un susurro, una penumbra de laboratorio en la que todo parecía a punto de definirse. Hasta los rostros se iban perfilando poco a poco, y algunos eran de los que da gusto encontrarse: Sandra Sabater de Las Ginebras, entre quienes habían acudido a arropar a sus compañeros de escena. Qué bonito ver que, en esta profesión de focos, todavía hay artistas que se dejan ver en la oscuridad del público para apoyar a los suyos.
Y entonces salieron. Lori Meyers, más de dos décadas siendo el paisaje de fondo de media generación, cruzaron el escenario y yo no pensé en el disco. Pensé, con una punzada casi física: ¿cuánto tiempo llevo ya en esto? Hay grupos que no se escuchan, se habitan. Verlos aparecer fue ver emerger una imagen que ya llevaba dentro: la mía, revelándose junto a la suya.
Dijeron que era la primera vez que tocaban con gente, y se notó en ese vértigo con ganas de lo que sale por primera vez de la oscuridad: una fotografía recién sacada del baño, todavía húmeda.
Esa imagen se llama Disonancia, su octavo álbum, el primero en cinco años desde Espacios Infinitos, y llega este viernes 16 de octubre. El nombre es casi un método: sin contraste no hay imagen, y la disonancia incomoda un instante para que la resolución deslumbre. La banda puso el foco en los cuatro adelantos oficiales. «Dictadura», estrenada en directo antes de llegar a las plataformas, fue el primer gran destello, y tras ella «En lo total», «Tus amigos» y «Malafollá» mostraron una banda con el obturador más abierto bajo la producción de Ferran Gisbert, sin perder la nitidez de siempre.
Entre lo nuevo asomaron, como negativos de otra época, «Alta fidelidad», «Emborracharme», «Luces de neón» y «Mi realidad», fotografías que siguen sin amarillear. Porque un grupo arraigado no repite la imagen de siempre: se atreve a revelar otra con el mismo negativo.
El final no estaba en el guion. La sala respondió con tal energía que obligó a la banda a volver, y el concierto se cerró de forma imprevista en los bises, en un formato de sala pequeña tan poco habitual para ellos. Algunas fotografías no se dejan guardar en el cajón.
Salí de El Sol con la sensación de haber visto aparecer algo que aún se está terminando de fijar, y con la pregunta del principio intacta: ¿cuánto tiempo llevas tú en esto? Con Lori Meyers, la respuesta nunca es un número. Es una imagen que se vuelve a revelar cada vez que se enciende la luz roja.
Redacción: Paola Córcoles









