Crítica disco Sidonie «El Peor Grupo del Mundo»
Hay discos que necesitan varias escuchas para terminar calando hasta los huesos, que exigen paciencia para terminar de descubrir su particular tarro de las esencias, que piden otra cita más antes de dar su primer y definitivo beso. Por otro lado, tenemos obras con capacidad para la conquista inmediata, para el hechizo auténtico con un solo chasquido de dedos, para la hipnosis con una leve caída de ojos. A la primera, ya estás dentro y no hay manera de escapar. El nuevo disco de Sidonie, «El peor grupo del mundo», pertenece al segundo grupo. Cuidado, esto no significa que cada vez que volvamos a sumergirnos en este conjunto de canciones impecables no sigamos descubriendo detalles, secretos, destellos que pasamos por alto en esos primeros encuentros que, sin embargo, fueron más que suficientes para terminar totalmente conquistados.
Hablamos de una banda que, básicamente, siempre ha hecho lo que le ha apetecido, mostrando una libertad en su discurso creativo digna de aplauso (y envidia). Sus botas de cuero han pateado rutas marcadas por la psicodelia, el pop, el rock, la electrónica y hasta la canción latina, pero siempre manteniendo una constante intacta: La Melodía, con mayúsculas. Una obsesión, un leit motiv, un núcleo vital dentro de una trayectoria en la que podemos cantar varios discos sobresalientes, con esa fantástica dupla formada por ‘Costa Azul’ y ‘El incendio’ a la cabeza. Un punto en el que, tras ‘El Fluído García’, incomprendido y reivindicable, y el notable ‘Sierra y Canadá’, regresan a lo grande, complementando unas canciones más desnudas con una producción épica en permanente búsqueda de la emoción. Y vaya si la consiguen.
Desde la preciosa canción que abre y titula el disco, Sidonie plantea un recorrido por los recuerdos de una banda enamorada de su oficio, de la apasionante y compleja tarea de crear canciones. Lo hacen con honestidad, sin nada que esconder, mostrándose agradecidos, felices, enamorados, transmitiendo sensaciones con una naturalidad que desarma. De esta forma, uno no puede más que caer rendido ante la perfección melódica de temas como ‘Siglo XX‘, ‘Fundido a negro’, ‘Por si te sirve de algo’ o ese clásico instantáneo llamado ‘Carreteras infinitas’. Canciones redondas que dan el mismo centro de la diana a lo largo de un disco sin relleno alguno, en la que cada segundo demuestra haber sido creado con delicadeza y entusiasmo. Detalles como la armónica de ‘Instrucciones para construir un submarino’, el prólogo made in Harrison de la preciosa ‘Los coches aún no vuelan’, el estribillo imbatible de ‘Os queremos’ o esos toques gospel que elevan a ‘Atragantarnos’ hasta ese codiciado honor de ser el mejor momento del lote. En cualquier caso, esa última decisión irá variando cada vez que regresemos a un trabajo con el que Sidonie han vuelto a demostrar todas y cada una de sus muchas virtudes. Una carta de amor, un precioso homenaje en forma de disco a la memoria musical, a la forma en la que una canción puede cambiarte la vida. Emoción directa y transparente. Sidonie en estado puro.
Redacción: Alberto Frutos











