SamuraÏ anuncia nuevo single, La Fábula, primer adelanto de su próximo álbum
Al otro lado de la frontera
Previsión de «La Fábula», primer single de «Amarre», lo nuevo de Samuraï. Esto está escrito a partir del pergamino que se entrega con el presave, antes de escuchar una sola nota, por lo que tan sólo es mi fábula (yo también quiero imaginar).
Todos los westerns empiezan igual: un hombre a caballo, un horizonte que no le debe nada y una regla que se ha puesto para no romperse. Este, según el pergamino que recibes al hacer la presave, cruza el bosque de noche con su whisky y su alforja llena, oliendo a tabaco y romero. Lo llaman Cancerbero porque vigila la frontera, y ya se sabe que nadie vigila una frontera con tanto celo como quien lleva años sin cruzar la suya.
El viernes 2 de octubre llega La Fábula, primer paso de Amarre. Todavía no suena, así que lo que sigue es mapa y no territorio: un texto escrito en letra gótica sobre papel envejecido, con una firma manuscrita en la esquina, que cuenta un cuento. No sabemos si es la letra de la canción o su envoltorio, pero el tono, el estribillo encajonado en dos columnas y la palabra AMARRE cruzando el margen en un tono más tenue y otra tipografía, como a mano, apuntan a que el disco y el cuento son la misma cosa.
En ese cuento, pasada la madrugada, al vaquero lo llama una melodía dulce que suena a triste canción. Queda hechizado por una voz y se va acercando, poco a poco, hasta que el narrador nos avisa de lo inevitable: mala suerte para él, que se ha topado con una bruja. Aquí conviene ir despacio. El texto no dice que ella lance un conjuro; dice que él queda hechizado. La diferencia parece pequeña y es la más importante del cuento, porque deja abierta la pregunta de quién ató a quién.
Lo que sí deja claro es el desequilibrio. “Ella lo ama con la inocencia de una hoja que cae por primera vez”, brutal esta frase, quién no ha creído alguna vez que estaba volando cuando estaba cayendo . Él, dice el texto, no lo hace así. Se encapricha, que es la palabra elegida y no es una palabra pequeña: un capricho es lo que uno se concede a sí mismo. Pasan ocho lunas y algunos vinos de más, y la última escena, tal como nos la enseña el pergamino, es esta: ella despierta rodeada de alquitrán y él, cerilla en la mano, no la mira a los ojos. Ahí se detiene el texto. No cuenta qué pasa después, y esa decisión de callar, en un cuento que cuenta tanto, parece más deliberada que un descuido.
En medio, como una cuña, hay un estribillo dirigido a un «tú» que parece ser él. Le dice que el amor hace libre, decían, pero que su condena será no olvidar el nombre de ella el resto de sus días, y que vivirá con dolor por haber vendido un corazón que no era suyo. Es la moraleja de la fábula, colocada en mitad del relato en lugar de al final, como quien te avisa del precipicio cuando ya vas en el aire. Y ahí aparece la palabra del disco: Amarre. Un amarre suele imaginarse como la cuerda que ata a quien se marcha. Este parece funcionar al revés, como la cuerda que se le queda atada a quien hizo daño.
Si esta lectura se sostiene, Amarre no sería un disco sobre retener a alguien, sino sobre lo que ocurre cuando uno cree haber cruzado la frontera y descubre que la frontera vino con él. Esa es nuestra apuesta de fondo, y solo eso.
Nuestra apuesta sobre cómo sonará
Lo que sigue es adivinación y no crítica: nadie ha oído nada todavía. Pero el pergamino tiene tantos compases dentro que es difícil no intentarlo.
Empecemos por la tipografía. La letra gótica es de grabado y de sello, de bulas y sentencias, hecha para que lo escrito pese. Nadie la elige para susurrar. Ese trazo afilado, con la capitular en morado sobre papel amarillento, huele a hierro viejo y a cera derretida, y sugiere un tono oscuro y visceral, una mezcla de dolor, pasión y condena que no pide permiso para entrar.
Pero el cuento no empieza gritando, y creemos que la canción tampoco. Apostamos por un ritmo de menos a más. Un vaquero que pasea por el bosque de madrugada pide un arranque acústico, casi folk, íntimo: una guitarra acústica desnuda o un bajo muy marcado que haga de pasos sobre la hojarasca. Una atmósfera melancólica, la de la melodía dulce que en el cuento suena a triste canción y que sería, también en el disco, la trampa de la ternura.
Y entonces, la cerilla. Si hay un lugar donde el ritmo debe romperse, es ahí, en el instante en que él, cerilla en mano, no la mira a los ojos. Apostamos por que ahí estalle el pop-rock guitarrero y enérgico que Samuraï maneja como pocas, con baterías pesadas en un estribillo hecho para gritar la condena, esa que le anuncia que no olvidará el nombre de ella en lo que le queda de vida. La rabia llegaría después de la ternura, igual que la moraleja llega después del hechizo.
Y una curiosidad más, por si acaso: un cuento con esta densidad, de principio a fin y sin atajos, encaja bien con el pulso narrativo del indie y el pop-rock nacional actual, donde las historias bien construidas son el plato principal. Será interesante ver si la producción se atreve con elementos atmosféricos, ecos o distorsiones que le den al hechizo su punto esotérico.
Porque también cabe la posibilidad contraria, la de que la tipografía sea un disfraz y el single sea una balada. El viernes lo dirá.
El viernes se sabrá si el vaquero cruza o no cruza. Hasta entonces, nos queda un pergamino, una cerilla sin encender y una palabra en rojo que lo ata todo.
Redacción: Paola Córcoles









