El último puerto antes del silencio: Madrid, la parada más íntima en la despedida de Love of Lesbian
Hay despedidas que eligen el lugar con la misma intención con la que se elige una palabra final en un poema. Love of Lesbian nunca han sido una banda de gestos casuales, y por eso no sorprende que su última noche en Madrid antes del parón indefinido no se disuelva en un pabellón cualquiera, sino en el Teatro Real: el templo de la ópera madrileña abriendo sus puertas, por primera vez, a la épica cotidiana de Santi Balmes y los suyos.
El 27 de julio, dentro del ciclo Revolution’65 —esa cita que ya reunió el año pasado a Natalia Lafourcade, Xoel López y Sidecars, y que este verano suma a Carminho, The Divine Comedy, Ana Torroja, José González y Valeria Castro—, Love of Lesbian cerrarán un capítulo de veinticinco años ininterrumpidos sobre los escenarios. No es el final de la gira. Es el final de una era, contado en una sola noche.
Cuando Santi Balmes anunció el parón, no lo hizo con el lenguaje seco de un comunicado de prensa, sino con la misma arquitectura literaria que ha sostenido cada disco de la banda desde *La noche eterna. Los días no vividos*: «Hay momentos en los que el viaje exige una parada en boxes para mirar las estrellas desde el arcén. No es un adiós, sino un ‘hasta pronto’ de largo aliento.» La frase podría ser una letra más, y en cierto modo lo es: la despedida como tropo, la pausa como gesto de cuidado y no de derrota.
Desde Sant Vicenç dels Horts hasta el Palau Sant Jordi —diecisiete mil personas en 2018, la prueba de que se puede crecer sin perder la letra pequeña—, Love of Lesbian construyeron algo poco común en el pop español: una fidelidad que no envejece, que se hereda entre generaciones sin perder intensidad. *1999*, *El poeta Halley*, *Maniobras de escapismo*, *El mundo es un erizo* y, el año pasado, *Ejército de salvación*, celebrando los 25 años con el mismo pulso con el que empezaron. Ahora, ese recorrido se detiene —o se guarda, mejor dicho— justo en el escenario donde la ópera lleva dos siglos discutiendo con el silencio.
Que el 80% del aforo esté ya agotado no es una cifra de marketing: es una comunidad entera decidiendo estar presente en el momento exacto en que algo se cierra. Porque hay conciertos a los que se va a escuchar canciones, y hay conciertos a los que se va a atestiguar un cierre. Este es de los segundos.
Y quizás por eso duele con esa ternura concreta: porque el público que llene el Teatro Real esa noche es, en el fondo, el mismo que llevaba años gritando esas canciones en pabellones y festivales, en habitaciones y coches, en los sitios donde el pop se vive antes de saber que se está viviendo algo importante. «Allí donde solíamos gritar» cambia ahora de dirección: ya no es un descampado ni una sala con el suelo pegajoso de cerveza, sino la butaca de terciopelo de un teatro de ópera. Pero el gesto —el de gritar una canción hasta quedarse sin voz porque significa algo— sigue siendo exactamente el mismo. Solo que esta vez se grita sabiendo que es la última vez, por un tiempo, que se hará en Madrid.
El 27 de julio, el Teatro Real dejará de ser solo el escenario de las óperas y se convertirá, por una noche, en el lugar donde Madrid le dice hasta pronto a una de las bandas que mejor ha sabido convertir la fragilidad en himno. No hay telón que baje del todo cuando la despedida está escrita con tanto cuidado.









